Liturgia del 26 de abril

PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33

Después de la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos, Pedro, acompañado de los Once apóstoles, se presentó ante la multitud y les habló así: “A todos ustedes, habitantes de Judea y cuantos se encuentran en Jerusalén, tengo algo que anunciarles: escuchen con atención mis palabras. Les anuncio a Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes cuando por medio de Él les mostró su poder con prodigios y milagros que ya conocen. Ustedes lo entregaron y le quitaron la vida clavándolo en la cruz por mano de los paganos, siguiendo sin saberlo un plan trazado por Dios, que todo lo prevé. Por eso Dios lo resucitó poniendo fin al suplicio de la muerte. ¡Imposible que la muerte lo retuviera bajo su dominio!

Pues aludiendo a Él dice David: ‘Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se goza mi lengua, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte, no dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia’. Hermanos, permítanme que les hable con franqueza acerca del patriarca David: él murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta y sabiendo que Dios le había prometido con juramento que a uno de su linaje lo pondría sobre su trono, habló previendo la resurrección del Mesías, que fue quien no quedó abandonado a la muerte, ni conoció la corrupción en su carne.

A Jesús fue a quien Dios resucitó, y de eso todos nosotros somos testigos. Exaltando, pues, a la derecha de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido y lo derramó sobre nosotros. Esto es lo que están viendo y oyendo”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 15
R/. Me enseñarás el sendero de la vida

• Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: Tú eres mi bien. El Señor es mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R/.
• Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. R/.
• Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R/.
• Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R/.

EVANGELIO
Del Evangelio según san Lucas 24, 13-35

El mismo día, primero de la semana, dos de los discípulos iban a un pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino iban hablando de todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y siguió caminando con ellos. Pero estaban como ciegos y no lo reconocieron. Él les dijo: “¿Qué venían comentando por el camino?”. Ellos se detuvieron. En sus rostros se veía la tristeza. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “Tú serás el único forastero en Jerusalén que no se ha enterado de lo que pasó allí en estos días”. “¿Qué pasó?” –les preguntó.

Ellos respondieron: “Lo de Jesús de Nazaret: era un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel. Y además de todo eso, ya van más de tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado sin saber qué pensar: fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles y les habían asegurado que Él está vivo. Algunos compañeros nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron”. Jesús les dijo: “¡Qué duros de entendimiento son ustedes! ¡Cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó todo lo que en las Escrituras se refería a Él. Cuando llegaron cerca al pueblo donde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le hicieron fuerza diciéndole: “Quédate con nosotros, que es tarde y ya va a anochecer”. Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Y al punto se les abrieron a ellos los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista. Entonces se dijeron el uno al otro: “¿No es cierto que, a lo largo del camino, iba Él encendiendo el fuego en nuestro corazón con sus palabras, a medida que nos mostraba el sentido de las Escrituras?”. En ese mismo momento se pusieron de camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás compañeros, que estaban diciendo: “¡Es verdad: el Señor resucitó y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo se les había dado a conocer al partir el pan.

Palabra del Señor.

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